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JOHN LENNON: TREINTA AÑOS HA por Santi Ortiz

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Me topo con la efeméride, y los cinco disparos que resuenan en mi memoria me sorprenden, desnudo de recuerdos, tras el muro apolillado de treinta almanaques que se me derrumban con la noticia: Lunes, 8 de diciembre de 1980. En la puerta del edificio Dakota, cuando regresaba con su mujer Yoko Ono, de grabar en los estudios Record Plant de Nueva York la que sería su última canción, Walking on This Ice, John Lennon cae abatido por los disparos de un psicópata que le vacía en el cuerpo el cargador de su odio irreprimible. Un odio nacido del amor a su música. Un sinsentido trágico cuya averiguación haría menester enderezar el amasijo de sueños retorcidos, chirriantes escepticismos y corrompido magma que asciende por la espiral de la locura hasta convertir un ciudadano anónimo en asesino.

Una hora y veinte minutos después del atentado, la música de la vida enmudecía para siempre dentro de su persona. De aquella sensibilidad que elevó las baladas del pop a una categoría nunca alcanzada ni antes ni después, se habían extraído ya todos los frutos.

Unos meses antes, un sicario había asesinado, mientras celebraba la misa, a Monseñor Romero, en El Salvador, y, todavía más próxima quedaba el atentado que le costaba la vida a Tachito Somoza, en la capital del Paraguay. Al primero lo mataron por alinearse con el pueblo humilde frente a la dictadura; al segundo, por ser un cruel dictador. Pero, ¿Y a Lennon?… ¿Por qué lo asesinaron?… ¿Por qué se asesinan los símbolos?

Sólo puedo decir que, en el bronce de mi memoria, John despliega aquella capa irreverente que ignoraba títulos, galones y medallas que tampoco quería para sí, como cuando fue condecorado por Isabel II como Miembro de la Orden del Imperio Británico y le regaló la condecoración a una tía suya; o cuando, actuando en el Royal Command Preformance, ante la mismísima reina de Inglaterra, se permitió aquello de decir: “Los que ocupan las localidades menos caras, pueden aplaudir; los otros, que muevan las joyas”. También se me presenta hippy y provocativo, abogando por el feminismo y el amor libre, envuelto en una densa atmósfera de marihuana, cantando aquella A Day In The Life, que fue prohibida en Inglaterra por hacer apología de su consumo. Y con todo el derecho, me pide paso la imagen del pacifista, del militante comprometido contra la guerra de Vietnam, del molesto personaje al que el mismo Richard Nixon quiso quitar de en medio desterrándolo de los Estados Unidos, como si al arte y a las ideas pudieran ponerle fonteras.

Sin embargo, el Lennon que más me duele, el que me hurga por los escaramujos del tiempo, es el que me hace bailar, apretadito, muy apretadito, con mi adolescencia –a cuestas mi carga de sueños flamantes de alamares, capotes y luceros–, a los acordes de And I Love Her; es el que me acaricia con su voz en Let It Be; una voz sin nubes ni pedruscos, limpia como un cielo lavado por la lluvia, como los ojos del amor, como la sonrisa de un niño. Y así llego a los jirones de juventud perdida que ondean su derrota en la melancolía de su Imagine, cuya melodía es como un bálsamo de ternura, un aleteo de viejas gaviotas, un paisaje feliz que humedece mis ojos de utopía y me llena de trinos y campanas por aquel que era y ya no soy.

En la puerta del Dakota, hace treinta años, un loco paró a balazos el corazón de John Lennon; pero no su canto… Shhh… ¡Presta atención!… ¿No ves cómo se escucha?

Santi Ortiz

Sanlúcar de Barrameda, 8 de diciembre de 2010

Santiago Ortiz Trixac (15 Posts)

Santiago Ortiz Trixac es Licenciado en Ciencias Físicas, matador de toros y escritor taurino con magníficos artículos, colaboraciones en varias revistas y numerosos libros. Actualmente reside en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, donde imparte clases en un centro de enseñanza.


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3 Comentarios
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  2. zoraida 8 años

    Muy bueno Santi, te superas en cada uno de tus artículos.

  3. Milagros Jiménez 8 años

    Para mí Lennon es será, ante todo y sobre todo, el Lennon de Imagine. Esta canción me hace mantener la esperanza en un mundo mejor, libre, solidario y auténtico, aunque sea una utopía.

    Otro artículo insuperable, Santi. No sabes bien la alegría que siento cuando te leo. Tocas con tus palabras las fibras más sensibles de las entrañas ¡Con qué arte hablas del arte de otros!

    Un abrazo

    Milagros

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