Todo eso lo transformaría en música su garganta sinfónica y coral: su infancia de calle de adoquines, los delantales convertidos en capotes de brega, las llagas en los pies de los salineros, heridos por el sol y la salmuera, el pegajoso toro del hambre derrotando incansable en las conciencias de sus familiares, y la educación sonora que había puesto en sus tímpanos infantiles el duelo siguiriyero que mantenía su padre de forma habitual con su amigo Toribio, y los sonidos del yunque y el martillo, donde se fue templando, fraguando, su cante aún no nacido, al calor de la candela donde a golpes de sudor y experiencia iban tomando forma las alcayatas, almocafres, rejas y cerrojos, con que el autor de sus días, entre el carbón y el humo, se ganaba la vida al tiempo que la iba consumiendo. Después vendría la curtiduría de la Venta de Vargas y, más tarde, el tablao de Torres Bermejas, su trampolín en el Madrid la Noite, donde fue acuñando un halo de admiración y popularidad, emanados de los más experimentados artistas, de los mitos del flamenco de entonces como Caracol o Antonio Mairena.
Anteriormente, canastas y alcayatas, fragua y quejío, habían venido fundiendo sus metales doloridos en un lecho de escalofrío donde los duendes y los sonidos negros, y la pena, y el orgullo, y el fatalismo de los predestinados, de los superdotados, de los elegidos por el sumo misterio, iban a transmitir la semilla del cante más antiguo para que en él tomara un nuevo rumbo, elevándolo a cotas musicales impensables antes de ser creadas.
Como hay un toreo de antes y después de Belmonte, así Camarón de la Isla ha marcado la nítida frontera de un antes y un después en el flamenco; de igual manera que en su trayectoria hay un antes y un después de ‘La leyenda del tiempo’, que él supo convertir finalmente y sin proponérselo en la leyenda de la inmortalidad. Camarón supo extraer la tristeza que esconde la alegría, con esa atmósfera dolorida que se columpia por sus cantes festeros; así como a los cantes más jondos los ungió con la luz de una belleza en la que palpitaba un hálito de cálida frescura. Camarón fue duelo y fue campana; fue vendaval y fue brisa; fue incendio y agua de estanque; fue ayer y fue mañana, fue clásico y vanguardista; se estremecía, se desangraba, se moría cantando y cantando ha obtenido su carnet de inmortal; fue demasiado humano, demasiado humilde, demasiado sensible, demasiado persona, y, sin embargo, ha acabado esculpiendo su leyenda inmarcesible en el bronce de lo imperecedero.
Hace ya veinte años, llamaron a su puerta para llevárselo al cuarto de la Historia donde le estaban esperando los “cabales” de todos los tiempos. Y allí sigue, si a su libertad apetece, mientras, aquí, su recuerdo genial fortalece su musculatura. Y su voz, preservada del envejecimiento por la ciencia y la técnica, continúa fluyendo para levantarnos la tapa de los sueños, de los sentimientos, de la risa y el llanto; para descubrirnos, a través del flamenco que él dignificó, recónditas alcobas de nuestra intimidad que se abren a su puñal de miel; para que nos miremos en el espejo de nosotros mismos y ascendamos a las raíces de la humanidad que nos habita.
Hace ya veinte años, se apagó su estrella para trasladarse al firmamento de la mitología; una estrella que dio todo lo que tenía, porque mamó de su madre Juana, de su padre Luis, de la condición de toda su gente, no guardarse nada para sí. Y, echándola de menos, a mí se me viene a la cabeza, aquella letra de soleá que decía:
Las estrellitas del cielo,
las cuento y no están cabales…
Y es natural, porque falta la suya.
Santi Ortiz
Sanlúcar de Barrameda, 1 de julio de 2012









