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Bandoneón, por Santi Ortiz

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La música es un universo capaz de contener a muchos otros. El tango es uno de ellos. En su mundo inefable lleva historias de todos los tamaños, experiencias de todos los colores, heridas de todos los caminos. La música, el tango, necesitan del aire, porque viven en él y en él alientan. Los pulmones que han respirado largo por la vida son como fuelles jadeantes que arrastran su cruz de calendarios, llenos de pasos vacilantes o firmes, sin descansar jamás hasta que el aire los deja para siempre. Sé que cada música tiene su pulmón y que el bandoneón es el pulmón del tango.

Nació en los arrabales de la inmigración, malevo y afligido, con el frío del abandono metido en las entrañas, por eso, desde entonces, no ha hecho más que buscar manos cálidas y unos dedos sensibles de los que obtener el amor, la caricia, que de niño no tuvo. Está compuesto de materiales humanos, porque huele, siente, respira y está vivo; nada de sustancias sintéticas, es demasiado viejo para eso; además, su química, la que se pone en contacto con la piel que le habla, está en la sintonía de haber vivido. Todo él posee la nobleza surgida de la tierra: está hecho de madera, cuero, metal, hueso, nácar, cola… y del aire que lo dota de voz y sentimientos.

Pero el bandoneón no sólo es un objeto, o un símbolo, o un acompañante para decir nostalgias; el bandoneón es un lugar de exploración, un laberinto de misterios que se abrazan a sonidos elevados a música, un enigma, una flecha, una meta tan incierta como luminosa, un camino que aloja al elegido en fogonazos de felicidad que a la vez lo ayudan a superar sus muchas oscuridades y tormentas.

Hay un código de notas encerrado bajo sus flexibles botones de hueso. Y la música habla en el intérprete que expande luminoso su fuelle o lo oscurece al replegarse humilde en su cobijo. Y en su andar monocorde, cuando renuncia al arpegio y a la volatería, asemeja el latido, tac-tac, de un corazón cansado de veredas que pisa el mundo sabiendo lo que pisa.

¿No has visto entre las notas del bandoneón el patio de tu casa infantil, los recuerdos de una niñez que salía por las tardes a jugar por las calles, el fulgor de unos ojos de niña que ya se te clavaban como de una mujer? ¿Y no has sentido aquel olvido tierno donde después el llanto, inútilmente, buscaba la esperanza?

En la calle aprendiste, bandoneón, toda la antropología que llevás prendida en las entrañas. Te he visto orgulloso cruzar las avenidas del viento con quejas cabalgando en tus notas bien sujetas por bridas de coraje que mantenían erguida tu dignidad y orgullo. Tú sabes de donde eres, y que no hay nada tan bueno como el lugar de uno. Eso da confianza. Pero también sabes que la dignidad es lo único que no puede perderse en dicho territorio. Hay que aprender a sacar orgullo en la desgracia. Y a llorarla después entre tus fuelles poniéndole canciones a los recuerdos muertos, y a dejar en prenda los castillos de arena y vanas ilusiones entre los ondulantes pliegues de tu corazón sabio.

Tú y yo, bandoneón, por viejos y caducos, corremos la misma suerte: enterrados en olvido, y vivos en el corazón de los que militaron en nuestra propia sangre, que cada vez son menos.

Sin embargo, mientras que en la esquina de un puerto trasnochado, un marinero haga de ti su queja, estarás vivo tú y también yo contigo.

¡Salud, mi compañero!

Santi Ortiz

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Santiago Ortiz Trixac (15 Posts)

Santiago Ortiz Trixac es Licenciado en Ciencias Físicas, matador de toros y escritor taurino con magníficos artículos, colaboraciones en varias revistas y numerosos libros. Actualmente reside en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, donde imparte clases en un centro de enseñanza.


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