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¿Qué hace esa música ahí?, por Luis Enrique Ibáñez

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Hielo abrasador, fuego helado, dulce herida… ¿qué es esto? Ya se sabe. Se trata de esa cosa que los forenses de la poesía, de la literatura, esos críticos, esos profesores que destrozan el poema al intentar explicarlo, llaman antítesis, contraste. La antítesis, el contraste provoca una tensión significativa al yuxtaponer en un espacio muy corto dos términos, dos conceptos totalmente opuestos. Y en el receptor se produce una elipsis de ubicación con respecto al lenguaje cotidiano. Ese no saber dónde estamos tiene como consecuencia un chispazo que fuerza el deseo de comprensión y, sobre todo, el placer estético. Es como si nos dieran un tortazo y explotara de golpe toda nuestra cotidianeidad, como si un ser extraño nos pidiera que no nos asustáramos, que no está tan mal encontrar algo justo en el lugar donde no debe estar, que nos relajáramos y aprovecháramos la corriente eléctrica que ese hecho produce.

Siempre se ha dicho que la música en el cine debe acompañar a la imagen, no sustituirla. Esto, en gran medida, es cierto. Pero hay veces en que la música tiene un efecto significativo tan potente que parece como si quisiera disputar el protagonismo a la imagen, y ello sin adulterar en absoluto la relación de respeto entre ambas. Recordemos, por ejemplo, la famosa escena de la ducha en Psicosis (1960) de Alfred Hitchcock. Psicosis, escena de la bañera. En esta escena la música y la imagen mantienen su fuerza, incluso su autonomía, sin que ello les impida fundirse en un mensaje nuevo. Esta escena ya ha sido harto comentada, por tanto, sólo subrayaremos aquí su esencial diferencia con las películas torpes, esas manidas creaciones de supuesto terror adolescente, en las que la música se anticipa como un interlocutor simple y bravucón, estropeando de forma irremediable el posible crecimiento natural de la escena. En la escena de la ducha de Hitchcock las puñaladas de violín hacen su aparición cuando el terror psicológico (en la mente del espectador ya ha empezado a hervir la adivinación del sentido) ya ha sido precocinado, y una vez allí ese violín asesino se acompasa con la imagen como dos bailarines, como dos cuerpos que se diluyen rozando la perfección de una danza tan bella como macabra.

Veamos, ahora ya sí, un ejemplo de contraste fílmico en el que la música tiene un papel especial.

Esta escena pertenece a esa obra maestra, de Charles Laughton, La noche del cazador (1955). El ella el cazador, un “predicador” asesino, ladrón (tampoco está mal la antítesis teórica que constituye a este sujeto) espera el momento para asaltar la fortaleza en la que un ángel de la guarda disfrazado de mujer fuerte y sabia protege a niños desvalidos que van llegando a su encuentro. Dos de esos niños son hermanos poseedores de un botín y a los que el monstruo ha estado sometiendo a una terrorífica cacería de la cual ya se creían salvados. En la brutal espera llena de nervios contenidos, ahogados en la garganta de cualquier espectador sensible, el Predicador comienza a cantar un himno religioso lleno de fervor, devoción, y paz, Leaning on the everlasting arms.

El contraste ya definido previamente por los propios personajes, un monstruo y un santo, un ángel y un demonio, queda eterna y poéticamente subrayado por esa canción que de forma aislada podría transportarnos a un paraíso lleno de almas en paz (Seguro y a salvo de cualquier peligro… cobijado en el abrazo eterno… ¿Qué debo temer? ¿Cuál ha de ser mi miedo…Tengo la paz de tener a mi Señor tan cerca… Cobijado en el abrazo eterno) , pero que colocada ahí (justo cuando hay tanto que temer, cuando quien está tan cerca no es el Señor, sino el ecalofríante psicópata), en un lugar teóricamente ¿menos idóneo?, nos sitúa en el campo de una ambigüedad tensa que nos obliga a sentir. Pero no se queda ahí, llegamos a la genialidad cuando los dos personajes comparten y compiten por ese pan celestial representado en el himno. Y todo ello mientras los niños, fuertes e inocentes, esperan sin saberlo no se sabe qué desenlace (sobre el cual ya nos amenaza la metáfora de la lechuza y el conejo). Pareciera, además, como si todo en esa escena nos invitara a pensar que sólo los monstruos y los santos son capaces de comprender el alma de un niño y, también, a disfrutar con lo siniestro, el hogar y el miedo, la infancia y la muerte. Y por esa misma razón, a aquella mujer y al Predicador les unía un invisible hilo de complicidad, una extraña solidaridad que iba más allá de sus papeles opuestos. Y es así como el maravilloso dueto que realizan mientras él acecha y ella resiste se ofrece como un punto cercano, furtivo, en el que el Cielo y el Infierno se retuercen placenteramente, como en un amor que no se quiere reconocer, para poder darse la mano y así mostrarnos la verdadera cara de la belleza, como en un fuego helado, como un hielo abrasador, como si se tratase, en fin, de una dulce herida.

A ese efecto de la combinación de imagen y música habría que añadir el genuino tratamiento de la luz en blanco y negro, sus contrastes de luminosidad apoyados por la fuerza onírica de la profundidad de campo y, en general, por la metódica y a la vez ambigua composición de la imagen que parece provenir de retablos eclesiásticos robados en capillas quizá soñadas…

Escuchemos ahora, si os parece, esta canción,

La conocí hace mucho tiempo. Y siempre que la escuchaba parecía regalarme aires de fiesta, no sé, como si me invitara a bailar, a estar alegre y a traspasar mi alegría a todos los que me rodeaban. Sí, parecía estar hecha para animar esos momentos, en los que necesitamos un empujoncito travieso y juguetón.

Sin embargo, algún tiempo después ocurrió esto Escena de Reservoir dogs (1992).

Como preludio a su siniestra acción, Michael Madsen baila simpático esa canción de la misma forma que yo la había bailado alegremente tantas veces. Aunque lo intentó, esa canción ya nunca volvió a ser la misma, porque ni yo, ni nadie, podríamos estar nunca en aquel lugar, ¿o sí? Y entonces reconocí que los efectos estilísticos de la música como contraste de la imagen en el cine podían transportarme a pesadillas antiguas que aún no conocía y, simultáneamente, regar mi cerebro con la más intensa admiración estética.

Traducción: Joaquín Revuelta
Luis Enrique Ibáñez Cepeda (24 Posts)

Quique Ibáñez es profesor de Lengua y Literatura Castellana en el IES Cristóbal Colón de Sanlúcar de Barrameda. También imparte Proyectos Integrados sobre Lenguaje Fílmico y la asignatura de Literatura Universal. Es, además, un enamorado de la música y del cine. Tiene un espíritu crítico por naturaleza, lo que se deja entrever claramente en sus escritos.


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3 Comentarios
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  2. Jessica González Sáenz 9 años

    Muy buen artículo, como siempre Quique ¡brillante!
    Me parece un artículo fascinante, como siempre logras transportar a la persona justo donde quieres, consigues darle el toque perfecto para llegar al lector. Nunca me había fijado en la música que se le pone a cada película, así qe a partir de ahora mismo me fijaré en todas, al igual que cada vez que leo un libro no puedo evitar relacionarlo con libros anteriores o con otros acontecimientos.
    ¡Sigue con tus críticas son maravillosas!

  3. sole 9 años

    Felicidades, un artesano que va marcando esas ondas donde la vibración de la vida se extiende en el alma, que a veces dormida abre los ojos a una pantalla y se reencuentra con los momentos ya suyos y de los seres queridos conocidos o no, que la generosidad del trabajo los ha envuelto para ser testigos y actores de la responsabilidad del decir, de la música y del silencio.., y aún más.

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